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Revista entorno, Universidad Tecnológica de El Salvador, www.utec.edu.sv, diciembre 2021, número 72: 21-28, ISSN: 2218-3345
Criterios convergentes en torno
a una posmodernidad
con pretensión homogeneizante
Jesús Miguel Delgado Del Aguila
1
ORCID: 0000-0002-2633-8101
tarmangani2088@outlook.com
Recibido: 31 de junio 2021
Aceptado: 10 de agosto 2021
Resumen
Este artículo retoma los criterios convergentes
que debaten la conguración epistemológica de la
posmodernidad en América Latina. Para ello, me
valgo principalmente de los postulados de George
Yúdice, Raúl Bueno y Beatriz Sarlo, quienes
coinciden en formular y demostrar que todo intento
de sincretizar lo que se está desarrollando en este
movimiento es inadecuado. Por esa razón, será de
importancia considerar este paradigma desde la
lología, la etnografía, lo social y lo cultural, ya que
muchos de sus componentes tendrán un soporte
capitalista, el cual será revelado con pormenores en
el decurso de este trabajo.
Palabras clave
Posmodernidad - América Latina. Cultura - América
Latina. Teoría del conocimiento. Capitalismo -
América Latina. Sociología - América Latina.
Abstract
This article resumes the converging criteria
which debate the epistomological conguration of
posmodernity in Latin America. In doing so, the
postulates of George Yúdice, Raúl Bueno and
Beatriz Sarlo have been primarily considered. These
coincide in formulating and demonstrating that each
attempt to syncretize that what is being developed
in this movement is inadequate. Given this, it will be
relevant to consider this paradigm from the viewpoints
of philology, ethnography, culture and society, since
many of its components will have a capitalist support,
which will then be revealed in detail throughout the
development of this study.
Keywords
Posmodernity Latin America. Culture Latin
America. Theory of knowledge. Capitalism – Latin
America. Sociology – Latin America.
DOI:
URI: http://hdl.handle.net/11298/1235
Converging criteria around a postmodernity with a homogenizing claim
1 Jesús Miguel Delgado Del Aguila es magíster y candidato a doctor en Literatura Peruana y Latinoamericana por la Universidad Nacional
Mayor de San Marcos. Es investigador Concytec (Perú) y Conacyt (El Salvador). tarmangani2088@outlook.com
https://doi.org/10.5377/entorno.v1i72.13235
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pp. 21-28, Revista entorno, diciembre 2021, número 72, ISSN: 2218-3345
Introducción
Esta pesquisa revela los criterios concomitantes de
la clase hegemónica y elitista que ha congurado un
discurso que pretende disociar lo que se ha erigido
en el transcurso del tiempo. La presencia de la
posmodernidad es una evidencia de que es posible
la convivencia de elementos que son totalmente
contradictorios, pero que son esenciales para que un
país logre su propia autenticidad, sin que el resultado
sea marginal ni improcedente. Para demostrar la
naturaleza de este movimiento, ha sido necesario
hacer un abordaje desde cuatro secciones: la
denición lológica del concepto de posmodernidad, la
polémica palmaria desde la etnografía, la instauración
controversial de los paradigmas imperantes y el
rechazo a la condición homogeneizante.
La primera parte desentraña las propuestas que
debaten la designación que se ha efectuado de la
posmodernidad a América Latina. Esta idea intrincada
ha sido desarrollada por George Yúdice, Juan Corradi y
Nelson Osorio. Algunas de las razones de esa supuesta
incompatibilidad fueron justicadas por la deciente
epifanía que se vivió de la modernidad y la variación
que existió en países europeos, donde sí se articuló
este movimiento con ecacia. Por otro lado, se indaga
si la posmodernidad debe tomarse como una secuela
histórica de la modernidad y qué tan importante ha
sido esta última para su conformación. Frente a este
cuestionamiento, se hallan las formulaciones de Néstor
García Canclini, George Yúdice, Jürgen Habermas, Max
Weber, Jean-François Lyotard y Raymond Williams.
Esos antecedentes han servido para precisar en la
categoría de posmodernidad que rige en América Latina.
El segundo segmento abarca lo posmoderno desde
la perspectiva etnográca. Para ello, se ha reanudado
el estudio de Raúl Bueno (2005), quien se basó en el
texto La raza cósmica (1925) de José Vasconcelos. Él
detecta que un problema latente es el mestizaje racial.
Con ello, lo que se ha hecho en esa oportunidad no ha
sido negar su estatuto heterogéneo, sino encontrar los
postulados que organizan esa errónea ideología que
pretende desplazar a los sujetos andinos, en vez de
aprovechar sus diversas disposiciones con respecto
al acicalamiento de los componentes inminentes de
un país. Por lo tanto, se brindará como solución las
propuestas que atañen a la pluralidad, el mestizaje y la
introducción de una quinta raza.
La tercera sección aborda la idea de construir un
precepto panorámico de la posmodernidad. Para ello,
se ha tomado en cuenta la advertencia de Beatriz
Sarlo al considerar que la elección de un referente
axial resulta injusta ante la multiplicidad de regiones
que integran un país. Ese mismo fenómeno se aprecia
al aludir a este movimiento, en el que se obvian las
condiciones deplorables de las personas que no son
aptas para el consumo, mientras que se preere la
intervención económica de la clase burguesa, que está
dispuesta a contribuir al sistema mercadotécnico por
medio de sus importes fructuosos.
La última propuesta se enfoca en la noción de por qué
no puede delimitarse el paradigma de posmodernidad.
Por un lado, se muestra el argumento de Roberto
Schwarz, quien especica que esa democratización
epistemológica es posible. Entretanto, Ernesto Laclau
y Chantal Mouffe asumirán que esa pretensión es
absurda por las constantes alteraciones por las que
atraviesa América Latina con ese movimiento. Frente
a este panorama, se destacará el trabajo de George
Yúdice, quien identica un propósito inminente al
exponer a una sociedad caracterizada por la pluralidad
de sus elementos y sus dinámicas imperantes.
Génesis controversial del concepto de
posmodernidad en América Latina
En “¿Puede hablarse de posmodernidad en América
Latina?” (1989), George Yúdice formula que es
refutable la idea de referirse a la construcción de una
teoría sociológica en los países latinoamericanos.
Más bien, precisa que el calicativo adecuado
debería ser “seudomodernidad” o “modernidad del
atraso”. Para plantear esas terminologías, recurre a
los estudios de Juan Corradi. Uno de sus postulados
plausibles es que en los países confrontados no
existe una comprensión cabal de lo que signicó la
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articulación de la modernidad, a diferencia de como
sí suscitó en Europa. Ese es el mismo criterio que
también patrocina Nelson Osorio, quien justica que
esa designación es inaplicable y foránea, ya que otras
son las circunstancias que se desarrollan en territorios
hegemónicos con respecto a los locales. Encima,
agrega que es imposible aludir a lo posmoderno,
porque nunca hubo modernidad en Bolivia, Panamá,
Colombia, México y otros países en los que se
apreciaron las repercusiones del narcotráco en la
política y la reorganización de la cultura. Obviamente,
eso no ha ocurrido en Estados Unidos o Europa. Se
considera que para que el concepto de posmodernidad
sea explícito debería haberse constatado la dinámica
dialógica de “respuestas/propuestas estético-
ideológicas”. Esa premisa consiste en que tendría
que corroborarse una consecuencia inmediata de los
postulados actualizados que van incorporándose en
distintos sectores de la sociedad.
Con este acápite, puede cuestionarse si es tan
relevante la similitud de hechos históricos para referirse
a un mismo acontecimiento. Para George Yúdice, esa
conformación no será indispensable. Para sustentar esa
postura, se ha basado en las formulaciones de Néstor
García Canclini, quien cree que la posmodernidad
latinoamericana se debe asumir tan solo como una
secuela de la modernidad, pese a que esta última no
se manifestó adecuadamente. Más bien, se trató de
una preposmodernidad. Y esa fallida canalización se
debería a una ausencia del aspecto no revolucionario
del proceso de heterogeneización; en rigor, tendría que
haber un conicto de por medio para que cada cultura
latinoamericana adopte nuevos patrones para sí. Ante
eso, la institución de la posmodernidad resulta cada vez
más compleja; sin embargo, existe una propuesta que
claudica de todo lo mencionado. Jürgen Habermas y
Max Weber consideran que, para que la posmodernidad
se patentice, no es imprescindible que haya surgido
algo precedente; en este caso, la modernidad no sería
ineludible para cotejar la epifanía de la posmodernidad.
A ese criterio, Jean-François Lyotard añade que si hay
rasgos evidentes de la modernidad en la posmodernidad
no afectará en nada en su constitución, así como no
interesa si esos enclaves están subrepticios.
Con todo ello, se percibe que la modernidad en no
es necesaria para que se produzca lo posmoderno. Su
naturaleza es tan proteiforme que es dicultoso hallar
de dónde provienen todos sus componentes. Es más,
es relevante cómo está congurada la posmodernidad.
Para Raymond Williams, esa peculiaridad de estar
forjado por múltiples talantes será perentoria para su
complexión. No obstante, habría un eje al que estarían
arraigados todos estos elementos. Ese soporte será
el capitalismo. Este patrón sociológico se desbridará
de todo estilo, estructura, taxonomía y epistemología
discursivos. En ese sentido, se apreciará el nexo
con lo histórico, lo social y lo cultural de las diversas
modernizaciones capitalistas. Por lo tanto, importará
cómo está expuesta la sociedad en un periodo
especíco de la historia. Esa será la condicional
que someterá a los países latinoamericanos a la
designación europea, de la cual se ha polemizado
tanto. Esa respuesta provisoria fue argüida por
Habermas, quien asumió que, mientras que no se
encuentre una razón más sostenible y convincente
a la génesis de la posmodernidad, sería preferible
otorgarle una justicación político-cultural.
Frente a los postulados en torno a la lología del
concepto, es de interés conocer cuál es la acepción
de este término. La Real Academia Española dene la
posmodernidad de la siguiente manera: “Movimiento
artístico y cultural de nes del siglo XX, caracterizado
por su oposición al racionalismo y por su culto
predominante de las formas, el individualismo y la
falta de compromiso social” (Real Academia Española
[RAE], 2021). Esa catalogación destaca el acoplamiento
de categorías a una percepción distinta del mundo. Su
peculiaridad radica en lo que indicó Andrés Avellaneda,
quien consideraba que su aporte se apreciaba en
la escritura de simulacros, que se estribaban en
géneros en vez de relatos. Por ello, se percata lo que
Lyotard calica como el declive de los metarrelatos,
que consiste en claudicar de explicaciones globales
o totalizantes y hacer una sustitución con códigos
totémicos para lograr la interpretación de la historia.
Un ejemplo de ello es plantear argumentos que
contrasten con la solidez discursiva del cristianismo.
Esa pretensión deconstructiva e innovadora ha sido
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evidente en la mayoría de sus proposiciones. A ello,
son notorios otros talantes que agrega George Yúdice,
como los siguientes:
Entre los rasgos simulacionales y
fragmentarios de la cultura postmoderna,
Jameson enumera los siguientes: 1) el
auge del populismo estético, que acepta
la cultura de masas y el kitsch; 2) la
destrucción de la expresión del Ser y el
auge de lo simulado; 3) la mengua de los
afectos con su concomitante remitencia
a una profundidad humana (como en las
pulsiones freudianas) y el surgimiento de
la eufórica jouissance como experiencia
de la muerte del sujeto; 4) la sustitución
de la parodia (transgresión) por el pastiche
(conformidad); 5) la eliminación de la
Historia por el “historicismo”, es decir,
por la espectacularización o simulación
de todos los estilos del pasado; 6) la
moda retro sin nostalgia emocional;
(7) la pérdida del pasado radical; 8) el
narcisismo y la esquizofrenia sociales; 9)
la transformación de obra y del sujeto en
texto constituido por diferencias; 10) el
sublime Camp o histérico que provienen
ya no de la incapacidad de gurar o re-
presentar la incomensurabilidad sino del
terror de la existencia simulada; 11) la
apoteosis del maquinismo capitalista de la
tercera revolución industrial o cibernética;
12) la abolición de la distancia crítica; 13)
la pérdida de coordenadas en el espacio
urbano (Yúdice, 1989, pp. 115-116).
Todos estos componentes coinciden en mostrar
una lógica transgresora a lo que se ha establecido
como dogma en los discursos y las prácticas de la
sociedad, así como las abundantes repercusiones
del avance capitalista. Esa sustitución de paradigmas
ha sido producto de la ausencia de comprensión y
sincretismo de la heterogeneidad que se exhibe en la
posmodernidad.
La viabilidad de la correspondencia
epistemológica con la etnografía proteiforme
Considerando los patrones que desbridan del
sincretismo de la posmodernidad, se observa
un elemento importante que también impide esa
constitución unívoca a nivel etnográco. Con respecto
a esta premisa, es de utilidad confrontar con el texto
“Genocidios virtuales: modernización y mestizaje como
imágenes de superación cultural en América Latina” de
Raúl Bueno. En este trabajo, el autor expone que esas
discrepancias sociales se deben a un factor esencial:
el mestizaje racial. Este problema sería apreciado con
mayor determinación en Latinoamérica por encima de
los demás continentes. Se destaca su epifanía por ser
un hecho que repercute negativamente en la condición
humana, mucho más que en la cultura y la historia. Es
necesario mencionar que este prejuicio se fundamenta
a partir de la percepción equivocada en torno a las
diferencias cromáticas de la piel, pues se ha asumido
erróneamente que el color del blanco civilizador es el
preponderante desde el periodo latinoamericano de
la Conquista y la Colonia. Internamente, prevalece un
sentimiento subrepticio de inferioridad que mantiene
ese prejuicio en función de las razas. Existe un
desistimiento de aquella clase dominante y explotadora
a la que fueron sometidos muchos de los antepasados.
Ese panorama se coteja en textos como Comentarios
reales de los incas (1609), Huasipungo (1934) o La
rebelión de Túpac Amaru (1974). Estos escritos tienen
en particular la idea de que el indígena ha sido oprimido.
Sin embargo, el tratamiento narrativo que le brindará
Alcides Arguedas a su obra literaria será medular. Él
adopta una postura más crítica y fructuosa sobre la
situación del andino, porque acicala la discriminación,
así como muestra sus vicios y sus inmoralidades, que
considera una emulación de lo que se desarrolla en la
cultura occidental. Para sustentar esa conguración, se
vale del reconocimiento de la asimilación de elementos
culturales característicos, tales como la religión, las
costumbres, el estilo de vida y la alimentación.
Frente a este tema del mestizaje, es ineludible
corroborar su génesis. Bueno (2005) advierte que
durante los últimos siglos se ha impuesto un paradigma
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social que pretende que el sujeto indígena se acople
a la etnografía propia de la raza blanca, occidental y
metropolitana de Latinoamérica. (p. 17). Asimismo,
se ha colegido que ese proceso transculturador será
benecioso para propiciar la instauración de una
sociedad ventajosa. Una vez establecida, uno podrá
cerciorarse de que se han eliminado componentes
residuales y se han respaldado las propuestas
progresistas. Ese dogma se ha difundido en la Literatura.
La escritora Clorinda Matto de Turner es una exponente
de ello. Su libro Aves sin nido (1889) fue esencial para
mostrar esa ideología. En su texto, se inere que los
indios del interior del Perú deben buscar salir de su
hábitat para civilizarse. Esa sería una forma de que
ellos claudiquen de su salvajismo y su ignorancia. Esa
percepción del indio se ha propagado por los medios
durante el decurso del tiempo. Las razas andinas han
sido desprestigiadas por su distanciamiento de la
capital y la urbe. En cambio, esta situación revela un
problema, que se enfoca en cómo se transmite una
idea de acuerdo con cada clase social. Raúl Bueno
alude a ese impasse del siguiente modo:
Lamentablemente ambos proyectos ―de
denuncia y solución― se enuncian desde
los centros de poder y se articulan según
los valores y registros de los sectores
blancos del país, como la cristianización,
la educación occidental, el traslado hacia
los focos de civilización europeizante, etc.
(2005, p. 17).
En torno a ello, es importante deslindar quién ha
introducido ese concepto de civilización y a qué se debe
que no se haya respetado la autonomía de las culturas
indígenas, al igual que desacreditarlas de tal manera.
Sin embargo, con la cita ya mencionada, es perentoria la
intención de los principales responsables: la hegemonía.
Frente a ese panorama, se elucida una alternativa
que permite contrarrestar ese criterio enajenante que
segmenta las regiones de los países latinoamericanos.
Con este planteamiento, el objetivo primordial es
integrar ambas culturas y aprovechar sus diversas
manifestaciones etnográcas, tal como se aprecia en
la epistemología proteiforme de la posmodernidad.
Para ello, es enjundioso destacar las tres propuestas
neurálgicas que uctúa José Vasconcelos (1925), que
han sido reanudadas en el trabajo de Raúl Bueno (2005).
Estas estriban en la heterogeneidad, el mestizaje y la
incorporación de una quinta raza.
El primer postulado de solución se basa en dilucidar
la noción de heterogeneidad, pues es necesario
comprender que cada sociedad es legítima con
respecto a su composición y sus prácticas; por el
contrario, nada asegura que estas tengan un proyecto
fructuoso. Es más, podría percibirse un malestar
cultural, como es notorio cuando se desarrollan
abusos de autoridad. Estos obstáculos son evidentes
cuando existen rubros hegemónicos que ostentan su
supremacía y que terminan congurando un binomio
social de amo-esclavo. (Lacan, 1997, pp. 19-21).
Esa relación es palmaria por la dependencia y el
sometimiento al que está incluido el segundo sobre
por el primero. Muchas veces, esa dinámica dual se
impone como soporte pragmático y de comunicación.
Quienes han detectado ese problema son Pierre
Macherey y Barbara Herrnstein Smith al percatarse
de que lo administrativo se va erigiendo a partir de un
silencio discursivo y enunciativo. Esa eclosión solo
ha producido malestar cultural, censura y resignación
forzada a las normativas constituyentes, con las que
se busca que el “otro” reprima, castigue y sancione.
Frente a ello, se estimula la condición posmoderna que
respaldará la pluralidad de sentidos y acciones en torno
a un hecho social. Esa heterogeneidad deberá delimitar
los patrones que desea preservar, como el derecho a la
libertad y la igualdad.
No obstante, considerar estos conceptos se ha instituido
de modo universal y homogéneo con respecto a cómo
debe funcionar una sociedad. A propósito de ello,
Bueno (2005) ha asumido que se tienen que propiciar
los valores de la civilización judeocristiana, puesto que
en su discurso son culminantes la pretensión educativa
y la ética hacia sus feligreses. Su nalidad es óptima
porque se congura una solidez ideológica basada en
el resguardo de la sociedad y el mundo. (p. 23).
La segunda solución que ha postulado José
Vasconcelos (1925) ha sido la de optar por el
paradigma de mestizaje. De por sí, adoptar ese
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criterio resulta conrmar la diversidad de razas en las
sociedades latinoamericanas, así como sus distintas
manifestaciones culturales y artísticas. De esa forma,
se consigue que se aprecie una plasmación exhaustiva
de más ideologías orientadas al progreso de un país.
Eso no signica que el problema social esté resuelto,
pues se pueden notar desniveles educativos, laborales,
económicos, políticos y demográcos que procuran
mostrarse desde su autenticidad. Sin embargo, el
autor ha descuidado otra interpretación que emerge de
su requerimiento. Al producirse el mestizaje, se está
forcluyendo la raza indígena originaria. Esa inferencia
puede corresponder a la percepción universal que se
ha establecido desde la clase hegemónica, la cual
ha considerado la raza andina como marginal en un
momento de la historia. Igualmente, ese prejuicio se
observa en el uso de la lengua materna en zonas
regionales, como el quechua o el aimara. En ese
sentido, asumir la propuesta de mestizaje también
implica aceptar la difuminación de una raza. Esa
volición de ir eliminando ese elemento etnográco
resulta imposible en su totalidad. Ese “genocidio
virtual” es inaplicable, puesto que se mencionó que
un rasgo posmoderno es el impedimento de poder
homogeneizar criterios y personas, aunque el cambio
sí sea evidente parcialmente.
La tercera alternativa que Raúl Bueno (2005) destaca
de La raza cósmica (1925) de José Vasconcelos es la
introducción de una quinta raza, que se diferencia de
la blanca, la negra, la amarilla y la roja. Para que se
produzca ese genoma humano, según el autor, era
fundamental lo ideológico, y no lo biológico; en rigor,
la constitución de este nuevo hombre etnográco
se trataba de una combinación de todas las razas
a nivel losóco. Esa noción es meritoria retomarla,
ya que demuestra la comprensión del proyecto
posmoderno, que se distingue por la notoriedad de
las múltiples propuestas que se van generando en la
sociedad. Este individuo inusitado que se inere del
libro de Vasconcelos es la síntesis de lo que signica
este movimiento.
Propagación de un criterio posmoderno
totémico y excluyente
Considerando la concepción de Sarlo (1996), el
reconocimiento de un eje en diversas ciudades siempre
ha sido una utopía cuestionable. (p. 13). No hay un
lugar que represente a una totalidad de regiones. Si
existiera, sería una evidencia de inequidad social. Estas
discrepancias también son palmarias simbólicamente en
la administración de los ciudadanos. Se corroboran a nivel
educativo, laboral, económico e institucional. Un individuo
no tiene elección ni decisión frente a los armisticios que
efectúa el Gobierno. Sin embargo, lo que importa en esta
ocasión es cómo se establece un consenso para construir
un discurso que recabe lo múltiple y lo simplique de
una manera plausible. De por sí, esa labor sincrética es
arriesgada y poco convincente, tal como se ha comprobado
cuando se alude a la idea de homogeneizar los patrones
de la cultura desde sus desigualdades económicas: “Todos
los deseos tienden a parecerse, pero no todos los deseos
tienen la misma oportunidad de realizarse. La ideología
nos constituye como consumidores universales, aunque
millones sean únicamente consumidores imaginarios”
(Sarlo, 1996, p. 116). Con este acápite, se conrma que
la hegemonía se encarga de tomar decisiones por un
cúmulo de personas. En su mayoría, suscita esto en los
ámbitos populares, cuyos componentes no tienen forma
de hacer valer su opinión.
La élite los ha considerado poco astutos, rebeldes
y desinformados, además de que su infortunio es
persistente. Cuentan con menos posesiones materiales
y simbólicas a diferencia de la clase hegemónica. Tienen
condiciones deplorables para poder disfrutar de las
manifestaciones culturales y restringen sus deseos a la
búsqueda de satisfacer sus necesidades básicas, como
la de su supervivencia y su alimentación. La escasez
de recursos los limita a desenvolverse con ímpetu, y
eso los ha incorporado en un plano de desventaja en el
que están aptos para recibir prejuicios de toda índole.
Ellos no son responsables de eso. (Sarlo, 1996, pp.
131-132). Seguirán asimilando una reducida propuesta
de la hegemonía para acoplarla a su forma arcaica de
sobrevivir. Los paradigmas de libertad y democracia no
son aplicados a ellos con éxito. El mercado se orienta
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hacia otro tipo de personas: hacia quienes pueden
solventar los gastos requeridos para su compensación.
El gusto y la moda se adaptan a sus criterios, obviando
al sector paupérrimo. Su desarrollo aumenta cada
vez más. Para ello, se rigen por el valor que agregan
a los objetos, los cuales poseen cada vez un estilo
totalmente más apoteósico que los precedentes. Lo
signicativo es que estos serán propagados y tolerados
por los consumidores burgueses, tal como se expone
a continuación: “Ellos tienen el poder de otorgarnos
algunos sentidos y nosotros estamos dispuestos a
aceptarlos” (Sarlo, 1996, p. 29). Con ello, se comprende
que el mundo de los objetos se ha dispersado y seguirá
haciéndolo.
Frente a este avance mercadotécnico Sarlo (1996)
ha encontrado a un individuo característico: el
“coleccionista al revés” (p. 28). Este se distingue
por sus ansias de estar atento a la ley de oferta y
demanda que han promovido las grandes empresas
a través de los anuncios publicitarios. Su idea de
consumir es latente para él. Se apropia de todos los
objetos posibles que demuestran la relevancia de su
statu quo. Es más, eso se hace ahí mismo, merced
a que él asume la noción de que estos elementos se
agotarán de inmediato. Ese mismo impulso de querer
pertenecer a un estado social y económico se aprecia
en el tipo de comidas que uno ingiere, las marcas
de su predilección, los programas que ve, las redes
sociales que usa, el partido político al que subyace,
etc. Sin embargo, todo esto es una representación
de que las personas son direccionadas a que elijan
entre lo que les ofrece el mercado global. Quienes
se involucran terminan creyendo que están siendo
libres y auténticos. Entretanto, la verdad es que ellos
son un resultado de lo que pretenden las grandes
empresas. Serán clientes y no productores de sentido.
Esa realidad conlleva que se observe la condición
posmoderna desde otra perspectiva. Serán múltiples
las identidades que oscilen en ese contexto. Algunos
ya saben cuál es el trasfondo de su accionar, mientras
que otros preeren no percatarse de lo que el Gobierno
no desea que se enteren.
Errónea pretensión homogeneizante para la
teorización posmoderna
Roberto Schwarz considera que sería necesario
unicar criterios para hacer referencia a una sola
posmodernidad. No obstante, ese requerimiento
es cuestionable y anacrónico, debido a que es
imposible apropiarse de la pluralidad de elementos
que la conforman. Encima, es difícil poder controlar
la dinámica y el avance de lo proteiforme. Eso se
corrobora en los sectores de lo económico-sociocultural
y la activa participación democrática. Si se consiguiera
ese epítome, la posmodernidad tendría los mismos
componentes estáticos y organizados de la modernidad,
y ese presunto corolario es una falacia. Ernesto Laclau
y Chantal Mouffe han promovido esa concepción al
brindarle una razón instrumentalizadora, que se basa
en que la posmodernidad no forja una identidad única
e inamovible, puesto que América Latina está en
constante cambio. No ha acabado. Por el contrario,
lo que sí ocurre a menudo es el descentramiento y el
avistamiento de diversos actores sociales. Entonces,
esa pretensión sincrética solo ha conducido a asumir
este movimiento como una utopía irrealizable.
Con todo ello, la posmodernidad en América
Latina seguirá revelando su condición autónoma y
proteiforme con respecto a la forma como se articuló
en Norteamérica o Europa. Para su funcionamiento,
algunos enclaves de la modernidad también se
integraron, sin que esa incorporación sea indispensable
para su constitución, así como su génesis. Lo que será
más relevante consistirá en su presencia heterogénea
y su búsqueda consuetudinaria por hallar una dinámica
que comprenda la totalidad de este movimiento. En
ese sentido, el trabajo de George Yúdice (1989) es
esencial para detectar que la multiplicidad de recursos
y su concomitante relativismo son fundamentales para
preservar su continuidad en la historia de la sociedad.
Discusión
Con esta pesquisa, se logró auscultar cuáles eran los
paradigmas que limitaban el fácil reconocimiento de
la teoría de posmodernidad. Para ello, se tomó una
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postura que toleraba la diversidad de planteamientos y
manifestaciones culturales, sin tratar de establecer una
organización y un intento por homogeneizar criterios.
Esta premisa será explicada desde las cuatro secciones
que se examinaron en este estudio.
La parte inicial de esta investigación mostró dos
posiciones con respecto a la génesis de la terminología
de posmodernidad en América Latina. Una de ellas
propició la idea de que era imposible referirse a
este movimiento por no existir correspondencia con
los sucesos coetáneos que enfrentaron Europa y
Norteamérica. Asimismo, se apreció la cosmovisión
de George Yúdice y Néstor García Canclini en función
de la posmodernidad como una secuela lógica de la
modernidad, aunque también se argumentó que ese
vínculo no era necesariamente válido. En suma, esa
precisión lológica se empleó para detectar los talantes
de la posmodernidad, que coincidían en su liación
a un dogma capitalista, más que a uno conceptual y
metodológico.
La segunda sección abordó la acepción de lo
posmoderno desde lo etnográco. En este bloque, fue
relevante reanudar la categoría de mestizaje racial.
Esa doctrina estaría en un plano de colisión en el que
se impediría el desarrollo multicultural de un país. Para
ello, se tomó en cuenta los estudios de Raúl Bueno en
torno a José Vasconcelos. Estos fueron de utilidad para
reconocer los tres postulados que servirían para que
la posmodernidad siga desplegándose. El primero de
ellos consistió en propiciar la noción de heterogeneidad.
El segundo se basó en la intrincación de la idea de
mestizaje. Y el último se ciñó a la introducción de una
quinta raza, la cual se asumiría como una cuestión
ideológica, y no como una combinación genoma.
La tercera propuesta reveló el problema de referirse
a una totalidad desde enclaves que son de interés
para el sistema hegemónico de la mercadotecnia.
Las grandes empresas serán las que acoplen sus
voliciones al gusto de personas que cuentan con un
capital simbólico destacable, mientras que los que se
hallan en condiciones deplorables serán desestimadas
de este universo de la compraventa. Esta situación
histórica y socioeconómica fue una muestra de cómo
la posmodernidad incluye multiplicidad de gente y
sentidos para cumplir su nalidad: el avance continuo
de sus mecanismos mercantiles y resolutos.
En la última sección, se cotejaron los criterios que
existen acerca de buscar la homogeneización de la
categoría de posmodernidad. Para ello, se confrontó
con los paradigmas de Roberto Schwarz, Ernesto
Laclau y Chantal Mouffe. Las explicaciones que
brindaron fueron de utilidad para construir un panorama
provechoso de cómo se ha instaurado este movimiento
en América Latina, a diferencia de cómo se patentizó en
Estados Unidos y Europa. Frente a esa individualidad,
George Yúdice contribuyó con su trabajo al exponer el
desarrollo de la posmodernidad desde una lógica plural
y originadora de sentidos.
Referencias
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y mestizaje como imágenes de superación
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